En las calles de San Martín apareció Ricardo Barreda, caminando, tranquilo, con los achaques propios de la edad. Curiosamente habló, quiso hablar, porque generalmente ante cada consulta que alguien le pueda hacer sobre lo sucedido en su casa de calle 49 y que lo mantuvo en la cárcel por largo tiempo, generalmente se queda mudo.
Esto ocurrió ayer a la mañana y si bien al principio dijo entre lenguas que no se arrepentía de haber matado a toda su familia, su esposa, sus dos hijas y su suegra, en un momento tiró: "Estoy muy arrepentido de lo que hice".



